miércoles, 10 de agosto de 2011

Dedicada para ti

Una carta que se debe literal, que se teme tiempo de narracion... cansada la carta, comienza con un "Querido" intuyendo que el "Querido" solo es una frontera más para decir las cosas.

Una carta vacia,hueca,estupida,llena de palabras.

Querido:

El motivo es...

Una carta con un pulso determinado, mentirosa, una carta que no es una persona, una carta que la escribe una persona, una persona que se ha mimetizado en carta y es la unica forma de llegar.

Querido:

Me quema. Me quema por todas partes. Te...

Una carta "grandiosa" porque al contrario de la vida no pide turno para hablar se sabe egoista, se sabe que va primero como en la vida... la carta...

Querido:

Me despido, siempre estaras...

Una carta que siempre se esta escribiendo, la ironia contraria a nosotros.


Querido:

Me despido, me voy de viaje, te olvido.

Nunca somos enviados.

jueves, 19 de mayo de 2011

Del latín frustrāre: privar a alguien de lo que esperaba.

En algún tiempo de este mundo existió un hombre, un hombre común, vulgar. Un hombre que una noche miró en una pintura el retrato más hermoso que sus ojos jamás pudieron haber visto antes. Pero le daba vergüenza mirarlo, además de que no era suyo, ourría como esas tantas veces en que una cosa es tan hermosa que no nos atrevemos a mirarla de frente. 

El hombre sudaba, sabía que ver el retrato cambiaría su vida pero no se atrevía a mirarlo, así que le dio la espalda toda la noche y de vez en cuando volteaba para apenas echarle un vistazo, avergonzado, siempre avergonzado.


Pasó la noche y el hombre no volvió a intentar mirarlo; prefirió que el tiempo de este mundo transcurriera y así fue reuniendo dinero hasta que una tarde miró por primera vez el retrato de frente antes de comprarlo.


– ¡Me lo llevo!


Y si, lo llevó a un lugar donde podía contemplarlo todo el tiempo sin que nadie más se enterara. Lo miraba tanto que incluso llegaba a inventar historias en donde el retrato cobraba vida.


El retrato y el hombre hacían buen complemento, mantenían esa relación que mantienen todos las obras de un museo con el espectador: a él le gustaba mirarlo y a él le gustaba ser mirado. 


Una tarde, el hombre mirando el retrato vio que éste se desvanecía y en su lugar aparecía un letrero que decía: "Posiblemente en reparación. Vuelva a mirar más tarde". El hombre no entendía que había ocurrido, ¿cómo un retrato podría estar en reparación?, un retrato es un retrato y punto. Miraba cada segundo el cuadro esperando que el retrato apareciera. El retrato apareció de pronto y el hombre comenzó a gritarle preguntando por qué se había desvanecido, pero el retrato no contestaba. El hombre le gritaba cada vez más fuerte pero el retrato seguía sin responder. No lo entendía. Nadie lo entendía, eran el complemento perfecto, al hombre le gustaba mirarlo y al retrato le gustaba ser mirado. ¿Por qué el retrato se desvanecía ante los ojos de este hombre? 


El retrato comenzó a desvanecerse con más frecuencia y el hombre gritaba hasta quedarse ronco. Una mañana muy temprano el hombre vendió el cuadro y fue miserable el resto de su vida.

lunes, 11 de abril de 2011

Huéspedes intestinales


Felpudo con la palabra BIENVENIDOS. Tocan la puerta con los nudillos. Nadie abre. Tocan la puerta con los nudillos. Nadie abre. Tocan la puerta con los nudillos. Nadie abre. Los nudillos sangran. Nadie abre. Tocan la puerta con los nudillos ensangrentados. Manchan la puerta de sangre. Nadie abre. Tocan la puerta con los nudillos ensangrentados, ya se alcanza a ver el hueso. La sangre escurre por la puerta. Nadie abre. Tocan la puerta con los huesos de los nudillos que ya no tienen piel. La sangre gotea sobre el felpudo. El felpudo dice BIENVENIDOS pero ellos tocan la puerta con los nudillos que ahora sangran y nadie abre. Gasto de la piel necesitado por el dolor.

jueves, 24 de marzo de 2011

¡Cuánta razón!



Llevaba días con un fuerte dolor de cabeza, había visitado varios médicos, todos le recetaban lo mismo: dos aspirinas y el dolor disminuiría. Pero el dolor no cesaba. Visitó incluso a un homeópata que le dio una gran cantidad de frascos repletos de chochos azucarados, podía tomarse los frascos enteros que dejaban un tenue sabor a alcohol en la lengua, pero el dolor de cabeza permanecía. Hacía latir su cien derecha como si el cerebro intentara escapar.

Si su cerebro intentaba escapar quizá dejar de pensar sería la solución, el cerebro aceptaría la tregua y descansaría feliz. Pero tampoco funcionó, solo consiguió reproches de sus amigos y familiares que no aceptaban que alguien dejara de pensar así como así.

Una mañana mientras salía de bañar escuchó su nombre, inclinó la cabeza, miró al suelo y se agachó hasta colocar su oreja sobre el suelo, pues creyó que aquella voz que conocía su nombre provenía del suelo. Y entonces, solo entonces, de su oreja se deslizó suavemente una pequeña pelusa. Blanca como una nube de día bonito. La pequeña pelusa blanca rodó sobre el suelo en busca de alimento. Heno quizá. Porque todos sabemos que el heno es dulce.

La pelusa rodó durante varias horas, mientras la cabeza seguía pegada al suelo, esperando que éste repitiera su nombre, pero como la puerta del baño se había quedado abierta, la pequeña pelusa blanca rodó hasta la coladera y se fue directo al caño.

Pasaron días enteros y la cabeza seguía con la oreja pegada al suelo esperando volver a escuchar su nombre, y el cuerpo, que había estado todo este tiempo unido a la cabeza y en una posición bastante incómoda comenzó a cansarse y poco a poco se fue separando de la cabeza. El cuerpo quiso volver a la vida que tenía antes del dolor de cabeza, la pelusa blanca y la cabeza con la oreja pegada al suelo; así que decidió marcharse y olvidarse de la cabeza. 

De vez en cuando el cuerpo pasaba junto a la cabeza y la miraba con lástima, pues a leguas se veía que la pobre cabeza había perdido la razón.

jueves, 27 de enero de 2011

La muñeca y el árbol


Cuando era pequeño corría por el bosque que rodeaba la casa de mi abuelo. En vacaciones mamá nos llevaba a mis hermanas y a mi de visita y nos quedábamos unos días en casa de mi abuelo.
Aunque yo era el más pequeño, mis hermanas y yo nos llevábamos bien, pero a ellas les gustaba hacer pasteles y a mi me gustaba correr por el bosque. Correr hasta no poder respirar. 
Fue uno de esos días en los que abajo de un árbol, encontré tirada una muñeca. Una muñeca de cara pálida y ojos vacíos, tristes. 

A pesar de que la muñeca tenía un sombrerito ella se veía triste y yo casi no podía respirar, estaba cansado de tanto correr y tampoco sabía qué hacer, porque ella tenía un aspecto triste, y yo no sabía si estaba triste por estar allí tirada y abandonada o triste porque no quería ser levantada.
Me fui porque mamá me gritaba que ya era hora de comer.

Terminaba de comer la sopa cuando mamá dijo que estaba muy agitado y lo mejor sería descansar el resto de la tarde. Así que la muñeca tuvo que esperar sola, igual que yo, que además miraba por la ventana.

Sin pensarlo me quedé dormido, lo supe porque cuando abrí los ojos no se veía nada,  pero apenas amaneció y yo ya corría para llegar al árbol que no estaba lejos de casa de mi abuelo. 

Cuando llegué ahí seguía la muñeca, con cara pálida, ojos tristes, un sombrerito y su vestido arrugado. La levanté y la miré de cerca, pero sus ojos vacíos me asustaron y la solté, cayó haciendo crujir las hojas secas que el árbol ya no quería entre sus ramas.

Volví a casa.

La mañana siguiente decidí que algo debía hacer con la muñeca, no podía dejarla ahí tirada con las hojas secas que el árbol ya no quería. Quizá ella alguna vez había sido una hoja del árbol que ahora por alguna razón él ya no quería, me pregunté qué habría hecho la muñeca para que el árbol ya no la quisiera. Busqué una caja de zapatos entre las cosas de mi abuelo y cuando la encontré corrí de nuevo hasta el árbol, mamá me gritó que no tardara porque quería que ayudara a decorar el pastel que habían hecho mis hermanas, yo no dije nada porque ya estaba muy lejos para que me escuchara.

Metí a la muñeca en la caja para que no se fuera a escapar y trepé el árbol, arranqué varias de sus ramas y bajé. Saqué a la muñeca y llené la caja de zapatos con las ramas que le había quitado al árbol, volví a meter a la muñeca ahora acompañada de ramas y coloqué la tapa. Cave un hoyo a un lado del árbol con mis propias manos y enterré la caja de zapatos que tenía la muñeca y ramas del árbol dentro. Ahora la muñeca no estará triste, porque está con las ramas y además estará siempre junto a el árbol, dije y no volví nunca más. 

Pero nunca pensé que quizá era la muñeca la que ya no quería estar con el árbol.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El pez dorado que intentaba escapar de su pecera



El pez dorado que vivía en una pequeña pecera intentaba escapar de la pequeña pecera pero siempre que lo intentaba chocaba con lo que parecía ser su propio reflejo.

Había una mano que día tras día lo alimentaba. El pez dorado no tenía que esforzarse para sobrevivir.

- Flotar y basta -
murmuraba el agua. 

Sin embargo todos los días el pez dorado seguía intentando escapar de la pequeña pecera en la que vivía. Y cuando llegaba la noche tan cansado estaba, que era entonces cuando dormía y de vez en cuando en sus sueños lograba escapar.

Pero un día despertó y olvidó intentar escapar y la mano que día tras día lo alimentaba al ver que el pez dorado ya no intentaba escapar, dejó de alimentarlo.

El tiempo pasó y el pez dorado comenzó a tener hambre y entonces tuvo un vago recuerdo de lo que era intentar escapar, así que se esforzó más de lo que un pez dorado podría esforzarse en recordar con precisión lo que era intentar escapar, pero ningún esfuerzo le fue útil.

El pez dorado no recordaba cómo era intentar escapar.

El pez dorado no tuvo más remedio que esperar a que la mano que día tras día lo alimentaba volviera. Pero la mano nunca volvió, y el pez dorado murió de hambre y sin volver a intentar escapar.

- Flotar y basta – 
murmuró el agua por última vez al pez dorado, 
cuando este flotaba. 

martes, 2 de noviembre de 2010

El sexo aveces habita en la punta de la lengua



Logra... ser un tren en blanco
Cierra mis ojos. Pasa, hiere.

jueves, 7 de octubre de 2010

¡Tuérceme la cara!

Bailaban, desnudos en una blanca cama que les obsequiaba segundos vueltos destellos de una luz que procuraba trazar el camino para que sus cuerpos que se buscaban se encontraran; cansados, afligidos, pero con suficiente fuerza aún para gritar:

– ¡Tuérceme la cara! –

Él que en la oscuridad buscaba desesperado el rostro de aquella mujer que pedía a gritos que le torcieran la cara, no la encontraba. Y la mujer que gritaba con ese grito que no busca sino que espera ser encontrado, como un alma que por error escapa de su dueño y cuando se ve perdida, extraviada en los brazos de este mundo intenta gritar, sin voz, pues no es más que un alma esperando ser encontrada por su dueño del que alguna vez escapó por error; la mujer que con toda el alma gritaba:

– ¡Tuérceme la cara! –

Pero él no la encontraba, buscó más allá del cuello, buscó entre los cabellos, encontró las sienes pero no la cara, pensó en la boca, la boca de la cual provenía aquél grito , pero tampoco la encontró, ¿qué clase de mujer es la que no tiene boca? se preguntó, pero es que el grito que él escuchaba no provenía de una boca, el grito, al igual que Tar sólo estaba en su cabeza.

Y así pasaron noches, el hombre buscando una cara y la mujer gritando:

– ¡Tuérceme la cara! –

Hasta que una noche en que no hubo destellos de luz que trazaran el camino para que sus cuerpos se encontraran, el hombre se cansó de buscar y encontrar a una mujer sin boca ni cara.


Uno regresa a donde quiere pertenecer cuando espera volver a ser.
öh.

lunes, 2 de agosto de 2010

Hogar

Corría por el bosque. El bosque de las brujas. En busca de una bruja. El pretexto. Lo único que él quería era perderse, extraviarse con el resto del mundo. No es navidad pero hay nieve. No es un funeral pero llora. Adentro. Bien adentro del bosque. Nadie ha muerto y recuerda entonces una escena de su película favorita. Francesa. 

Pero algo había cambiado realmente.
¿Escucharon el eco? Aunque nada había cambiado. Pues corría. Guiando sin pretender guiar. Con miedo a caer pero deseando hacerlo con todas sus fuerzas. Porque caer claro que requiere esfuerzo. 

Han llegado a la torre y miran desde allí el árbol al que habían prometido llegar pero que sigue estando lejos. 
Ríen. Él teme
Todos escalan hasta lo más alto de la torre para encontrar la casa desde arriba. Él teme, abajo. 
Pues su casa no se mira desde lo alto, sino a lo lejos, con los ojos bien cerrados.

¿La ven?, pregunta. Grita. Desde abajo. 
No, responden. Desde arriba. Bien arriba. Tanto que da náuseas.

Deciden volver. Regresar a casa. ¿Cómo ha de volver él a casa?. Mira el árbol. A lo lejos. Lejos de poder. El está a cargo y no ha de abandonar a su tropa. Aunque su tropa este siempre dispuesta a hacerlo. 

Entonces mira el árbol, cierra los ojos y vuelve a casa, no sin antes dejar que el propio viento le desnudara los ojos. 
Ojos que abre no para mirar, sino para despertar. Y asi, usando los sueños de noche como pretexto, como razón de su tristeza, podía excusarse el resto del día e incluso llorar. Adentro.

Bien adentro del bosque.

lunes, 24 de mayo de 2010

Crónicas de una visita a psiquiatría (I)



Entrego la hoja de cita y me piden que tome asiento y espere.

Tomo asiento, me cubro la nariz y boca con la manga de mi suéter y espero.

Se acerca una anciana y se sienta a mi lado. La ignoro porque ahora leo. Leo un libro escrito en inglés que no entiendo. Pero leo. 

Interrumpe.

–¿A usted también la mandaron aquí? – pregunta
– Si – contesto

Y leo.

– ¿Y por qué la mandaron aquí?

Mi cabeza piensa: 
Por intentos de suicidio
Mi boca dice: 
– Por insomnio

– Ay señorita yo también sufro de eso, hace años me iban a internar en una clínica psiquiátrica
– Ah

Busco el renglón en el que me quedé.

– ¿Y no le duele la cabeza?
– A veces – digo y hojeo el libro que al final cierro, derrotada.
– Si, es muy feo, yo cuando no duermo siento electricidad que me recorre toda la cabeza
– Oh
– Pero usted está muy jovencita para sufrir eso

Sonrío y se me entume el cerebro

– Bueno en lo que pasa usted, yo ahorita vengo

Se larga y abro mi libro escrito en inglés que no entiendo. Y leo. 

Leía que V tiene frío en las manos cuando de golpe un anciano se levantó de su lugar para exigirle más respeto a la enfermera.

Un anciano distrae mis ojos del libro pues exige más respeto, entonces lo miro apoyarse en un bastón y presencio parte de su discurso sobre el respeto que todos merecemos, hasta que asimilo que es algo que no me incumbe en lo absoluto.

Vuelvo mi cabeza al libro pero mis ojos detectan a una mujer a mi derecha.

Una mujer de unos 35 años se desnuda a mi derecha. Mide apenas un metro y se desnuda en público. Es pequeña y no le importa desnudarse frente a toda esa gente. Carece de pudor o está consciente que aquí solo hay ancianos sentados, enfermos del corazón o de los ojos. O de la vida. Y también estoy yo, que leo.

En el lugar: un anciano que exige respeto, una mujer que se desnuda frente a todos y yo que leo un libro escrito en inglés que no entiendo.

Leo. 

Entonces, para que V ya no tenga frío, se compra unos guantes, y un hombre entra al lugar anunciando el titular de un periódico. Miro al hombre que camina con el periódico entre las manos, hablando con deficiencia mientras saliva blanca le escurre de la boca hasta la barbilla. Está a punto de pasar frente a mí y yo tengo asco. Tengo asco del hombre con retraso mental pero como mis papás me enseñaron a ser buena persona no haré notar mi asco, así que miro al suelo, fijamente a un punto. Parecerá que estoy concentrada y no he notado su presencia, me excuso.

De nuevo llega el aroma nauseabundo que ya había olvidado y vuelvo a cubrirme la boca y la nariz con la manga de mi suéter. La he colocado de una manera que pienso parece ser una trompa de elefante.

Soy la mujer elefante. Miro la primer plana del periódico pasar frente a mis ojos. Accidente de tráfico deja cuatro muertos. 

De pronto ya estoy en el consultorio con la mano de la psiquiatra estrechando la mía.

– Buenos días, soy la doctora L
– Buenos días, soy la mujer elefante

El poco aire que hay dentro de la manga de mi suéter me sofoca y de pie, frente a mi, la enfermera repite:
– Señorita, pase al consultorio 19.

viernes, 21 de mayo de 2010

Un lugar para sangrar





Persiguió a la lagartija hasta que esta se ocultó en un agujero bajo la tierra caliente. Corrió de vuelta hasta la casa de madera construida en medio de aquél desierto, lejos del agujero, y buscó entre los huesos rotos un galón de gasolina, con esfuerzo lo llevó hasta el agujero donde se escondía la lagartija. El agujero, oscuro y caliente.

Vació el galón de gasolina hasta inundar el agujero, pero la lagartija no salió a flote. Del bolsillo de su pantalón sacó una jirafa miniatura de madera y le preguntó qué debía hacer.

La jirafa y el se miraron y casi de inmediato corrió de nuevo hasta la casa de madera seca que no albergaba nada más que polvo que servía para cobijar a los huesos fracturados y entonces tomó uno. Largo, picudo y hueco. Volvió al agujero y metió el hueso hasta el fondo, revolvió la arena con la gasolina intentando romper la cabeza o destripar el cuerpo de la lagartija. Pero el no sentía el cuerpo aplastarse y tampoco podía saber lo que  ocurría allí dentro con la lagartija. 

Porque la lagartija se había metido a un agujero oscuro y caliente.

Fastidiado sacó el hueso roto, que parecía sangrar, pues traía en una de sus puntas, en el pico más fino, el ocico de la jirafa atravesado.

La lagartija lo miraba con el cuello bien estirado, desde el techo de la casa de madera a mitad del desierto. 

Y la jirafa, con la encía sangrando pronunció sus últimas palabras: cuando los sueños dejan de ser sueños para convertirse en la baba que moja tu almohada.



jueves, 22 de abril de 2010

La respuesta





Esta es la historia de un hombre que alguna vez fue mimo. Un hombre que alguna vez renunció a hablar y se convirtió en mimo. 

Una mañana un pájaro se posó en la ventana de su habitación y le preguntó la razón por la que había renunciado a hablar. El mimo se esforzó por explicarle pero tristemente advirtió que ya lo había olvidado. 

El pájaro entonces prometió volver más tarde y el mimo pasó los siguientes días y las siguientes noches intentando recordar la razón por la que había renunciado a hablar.

Un día el pájaro volvió para hacerle la misma pregunta. Para entonces el mimo ya lo había recordado: quería ser poeta. 

Entonces el mimo le contestó al pájaro, pero en lugar de palabras eran gemidos los únicos que golpeaban el silencio. Consternados ambos se dieron cuenta de que su lengua había desaparecido.

El pájaro no volvió jamás y el mimo dejó de ser mimo para volver a ser hombre y llorar.



martes, 23 de marzo de 2010

Una corta entrada conocida



Me gusta lo involuntario que puedes llegar a ser de la rodilla a la agilidad de un dedo.


Me gustan mis dedos...


se enredan con tanta facilidad que no logras ver cuando me he convertido en sirena y te envuelves a...


Me desagrada tu voluntad de ser metal pesado, logras atravesar cada extracto de cuerpo y no te puedo dejar de amar, no lo dejas de hacer.


que raro es saber que ni siquiera la habitación esta aqui...


mis huesos pierden su propiedad, vuelven a ser huesos y tu me miras como si no fuera real, nunca llegue a la tierra ,me detengo y te saludo.



-¿perdon?, no la conozco señorita

jueves, 4 de marzo de 2010

El beso

Recuerdo la primera vez que te mire a los ojos, mamá me había prohibido ver televisión porque no quise darle un beso a la abuela. Yo salí al jardín

con ganas de huir de casa, pero a esa edad no entendía mis ganas de huir, solo las sentía, entonces simplemente caminé hasta la pelota de futbol desgastada que se asoleaba a medio jardín y pensando que estaba en un partido muy importante y que este sería el gol que me haría famoso,

pateé la pelota con fuerza, ahora que lo recuerdo como si quisiera hacerla desaparecer para siempre, pero en lugar de desaparecer fue a dar hasta tu cara;

cuando la pelota te golpeó mis ojos no sabían a quien seguir, si a la pelota que se elevaba hacia el sol o a ti que caías como si el golpe te hubiera restado peso. Cuando las dos terminaron de caer vi como mi pelota cruzaba la calle rodando y se detenía junto a una coladera por la que en lugar de agua se filtraban pedazos de infinitos tipos de papel; en cambio tu caíste y ahí te quedaste, sin moverte, tirada.


Primero pensé en correr a casa lo más rápido posible y fingir haber estado ahí todo el tiempo para que no me castigaran más, pero la idea que se reprodujo casi al mismo tiempo de que podías estar muerta me dejó paralizado. Yo te había matado, y al instante imaginé a la policía arrestándome con esposas brillantes y apuntando mi cabeza con alguna pistola como en las historietas de vaqueros y mujeres desnudas que papá escondía bajo el colchón y que yo hojeaba cuando ellos se iban al mercado.


Comencé a caminar, las piernas avanzaban temblando, lo que yo más quería en ese momento era volver a casa y hacer como si nada, lo juro, pero era como si mi cuerpo se hubiera desconectado de mi mente y desobedeciendo a mi miedo avanzaba sin detenerse hasta conseguir llegar a tu cuerpo.


No te movías, me agaché a tu lado despacio y sin tocarte, después con cuidado recargue mi oreja en tu estómago intentando escuchar dios sabrá qué, yo solo quería saber si estabas viva, pero no se escuchaba nada y tu no te movías, estabas muerta, lo juro.


Después sólo me quedé en cuclillas, esperando que los gusanos me confirmaran que estabas muerta, la abuela una vez me había dicho que cuando una persona se moría los gusanos se la comían, y de nuevo me agaché, ahora para mirar si los gusanos no salían por tus oídos, pero nada, no había gusanos por ningún lado.


Mirando tu oreja, me encontré con decenas de puntitos color café, más tarde supe que se llamaban pecas, pero en ese momento solo eran puntitos que me guiaron hasta tu nariz, yo nunca había mirado a una niña tan cerca, y menos a una niña con puntitos regados por toda la cara, mis dedos apenas se acercaban a tu rostro para sentir los puntitos cuando tus pestañas comenzaron a moverse, como si alguien les estuviera haciendo cosquillas y poco a poco se fueron separando.


Y no, definitivamente tampoco salieron gusanos de tus ojos que me indicaran que estabas muerta, en tu par de ojos sólo había un par de canicas, mis dedos pasaron de querer sentir aquellos puntitos a querer sacar esas canicas tan bonitas que presumiría a todos mis amigos. Cuando toqué una de las canicas, el muerto pude haber sido yo, pues gritaste tan fuerte que el corazón se me fue directo al estómago y entonces salió tu mamá de no sé donde y se acercaba corriendo y gritando cosas, cuando llegó te levantó en sus brazos mientras me gritaba palabras que no llegaban hasta el lugar que deben llegar para que uno las entendida y tu llorabas, hacías agua mis canicas.


Ahí, viendo como se iban tú, tu mama y mis canicas, yo me sentía triste pues creía que nunca podría jugar con las canicas más bonitas que existían: tus ojos, que ahora, por segunda vez vuelvo a mirar, antes de besarte.

martes, 2 de marzo de 2010

Soluciones Matemáticas

Imagina a una chica cubierta de lluvia
avanza a una habitación que de tan oscura
se aprecia la luz encendida
¿Que debe hacer ahora?
Si la proximidad entre el cigarro y la ventana es infinita
Pendo de un hilo,
porque me amarro una y otra y otra vez
una y otra y otra vez
más uno
una y otra vez
No recuerdo...
¿era el ovillo?
Un niño de estatura mediana, corre una distancia indescriptible
del jarrón a la cocina
se cree ha ganado la serie mundial
ya que mientras corria no podia ver sus pies
la pregunta
¿cuantos niños se dejan del jarrón a la cocina?

jueves, 25 de febrero de 2010

Cuento corto de un grito



Cuando el niño le quitó la tapa a la caja, gritó pero sin voz, tan sólo con la garganta bien abierta.


martes, 23 de febrero de 2010

Geografía básica

Yo soy los rostros del mundo,
la geografia más basica porque en mi...
los rostros se congestionan, no dejan de visitar
los fantasmas, piden la hora...
Yo soy los rostros del mundo,
porque el candelabro del que tiro
se despide
-la luz se abre camino a la ventana-
Yo soy los rostros del mundo
ya que... el caballito con ruedas y la mecedora
me dicen que así tiene que ser
Yo soy los rostros del mundo
porque en ellos encuentro la verdad
y a ti....
Enloquecido.

jueves, 11 de febrero de 2010

La carta que mata

Frente al sauce sostenía con ambas manos el sobre con la carta dentro, miraba el sobre, nunca más desde aquella noche como si fuera la primera vez, miraba el sobre que sostenía con ambas manos a la altura del pecho, lo miraba con la cabeza inclinada hacia este, frente al sauce, viejo.


La noche en que llegó a sus manos aquél sobre con aquella carta no era distinta, la lluvia había cesado, las hojas mojadas no se movían y las calles solitarias reposaban bajo la mirada de la luna. Como la mirada de quien ve por primera vez el sobre que se tiene entre las manos no basta para saber su contenido, intentó abrirlo con cautela, desdoblando la carta como si acariciase el plumaje de una hermosa ave. 


Al leer la carta las palabras fueron atravesando como inyecciones de miel sus ojos, dejándole cautivado, saboreando el azúcar. Cuando no quedaba gota de melaza volvió a doblar la hoja, la metió en el sobre, se sentó en el borde de la cama con el sobre aún en manos y rió el resto de la noche. Sin parar.


Los vecinos escuchaban perplejos aquella risa vehemente y llamándole loco, pues más fácil de comprender resultaba, preferían ignorar el hecho.


Los días y las noches pasaban y la risa de el hombre llegaba hasta el lugar que un humano jamás visita por miedo a ser asesinado. Y pronto los vecinos se hallaban confundidos, no sabían si reía o lloraba, pero con la confusión también llegó el cansancio


Una mañana, se le vio salir al jardín de su casa, había parado de reír y nadie lo había notado. La sirvienta que regaba las plantas tembló al verle salir, los niños que jugaban en la banqueta se rieron de él y loco le susurraron.


Él caminó hasta el viejo sauce que había crecido a orillas del jardín.  Dirigió la carta a su boca y un par de mordiscos bastaron para acabar con ella. Volvió a casa cruzando la puerta que lo encerraría para siempre.


Pronto al hombre se le dio por muerto, cuando su cuerpo dejó de funcionar, pero nadie entendía que ya había muerto desde el momento en que comenzó a reír. 


El día del funeral, frente al cadáver, nadie, absolutamente nadie se atrevió a pronunciar palabra alguna, ni a reclamarle, ni a burlarse, ni a llamarle loco pues el hombre, dijo con los colores de su cuerpo muerto, lo que había callado su lengua durante tanto tiempo. 


Al día siguiente, todos le olvidaron.